
Cuando lees Las lectoras del Quijote, no solo abres un libro, abres también una ciudad, una memoria, un mundo. No entras únicamente en el siglo XVII, sino en tus propias calles, atravesadas por voces que insisten en no callar. Pronto descubres que esta novela no pretende reconstruir un pasado muerto, sino devolverlo a la vida para interpelarte. La historia se encarna en una española y una indígena que, al encontrarse en torno a un libro prohibido, te invitan a reconocerte en ese mismo acto, leer como respiración, leer como resistencia.
Lo primero que te golpea es la presencia del Quijote. Ese ejemplar robado, guardado como talismán, se convierte en fuga secreta. Te das cuenta de que, en medio de un contexto colonial, leer no es un acto inocente, es un desafío, una grieta por donde entra aire. Sientes que acompañas a Inés en su osadía y a Suánika en su asombro; entre ambas, el libro se vuelve casa compartida, un refugio imposible.
Descubres también que la novela se sabe hecha de libros. Escuchas los ecos de Cervantes cruzarse con textos que aún no habían nacido, y comprendes que la literatura no obedece al calendario, sino al deseo de ser leída. En ese diálogo sin tiempo, tú mismo quedas implicado, la cadena de lectores te incluye, te ata con un hilo invisible a esas manos que pasan la página siglos atrás.
Y luego está la materia del libro. Sientes el peso del cuero, lo imaginas como objeto y como símbolo. Para Inés es continuidad, para Suánika es milagro, y para ti es la confirmación de que la lectura nunca es igual para todos. Depende del cuerpo, de la lengua, de la herida. Descubres que lo que tienes entre tus manos no es solo papel, es la promesa de un universo que cambia según quién lo sostenga.
Mientras avanzas, te enfrentas a la paradoja de la escritura, el detalle y el abismo. Cada gesto se perfila con nitidez, pero detrás se abre un vacío. Comprendes que leer el Quijote dentro de esta novela no es solo leer a Cervantes, es leerte a ti mismo. Te preguntas, con las protagonistas, ¿quién es Don Quijote? ¿quién es Sancho? Y en ese espejo no ves solo personajes, ves tu propio rostro fragmentado.
Entonces las lenguas se despliegan. El castellano, al que perteneces, se te revela como rígido, solitario. El muysccubun, en cambio, resplandece como cosmos abierto. Descubres que Suánika no descifra letras, sino que las vuelve universo, y en ese acto te enseña que cada lengua funda una manera distinta de leer el mundo. De pronto entiendes que tú mismo, al leer, estás atravesando cosmovisiones, dejando que te transformen.
Y la historia se desordena frente a ti. Lo que debería estar en el pasado se adelanta, lo que aún no existe ya asoma. Sientes que leer es imaginar lo que pudo haber sido y lo que aún puede ser. La novela te recuerda que el tiempo histórico no es una línea, sino un tejido, y que tú, como lector, participas de esa trama.
Ves a Inés y Suánika leer en secreto y entiendes que ese gesto íntimo es también una rebelión. En medio de dogmas y jerarquías coloniales, esas dos mujeres inventan un cuarto propio, una libertad portátil. Y tú, al observarlas, comprendes que leer ha sido siempre una forma de decir “no” al mundo que nos impusieron. La ciudad, bajo tu mirada, se transforma. Santafé deja de ser únicamente española, vuelven las presencias indígenas, los rituales escondidos, los murmullos que no se extinguieron. Sigues a Suánika y descubres que ella no solo lee libros, también lee el cosmos, los ríos, las piedras. La novela funciona como restitución, devuelve voz a lo borrado. Y tú mismo, lector, te conviertes en testigo de esa recuperación.
Cuando cierras Las lectoras del Quijote, sabes que la figura de la lectora sostiene todo lo que acabas de leer. Has visto cómo la lectura se convierte en tradición viva, en espejo de identidades y cosmovisiones y en acto de resistencia frente a la violencia de la historia.
Descubres que América Latina también puede narrarse como una historia de lectoras. Piensas en Inés y Suánika, y reconoces en ellas un gesto que aún te acompaña, abrir un libro en secreto, abrirlo contra la imposición. Ellas, entonces, no solo leyeron al Quijote, te leyeron a ti. Y tú, al leerlas, confirmas lo que siempre supiste sin decirlo, leer es crear, pensar, resistir. Un acto pequeño, íntimo, y sin embargo capaz de sostener un mundo.
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