EL DERECHO A ESTAR MAL

Vivimos en una época en que el mandato de la alegría ha erigido sus altares en cada rincón de la vida, y en ellos nos inclinamos como devotos que apenas recuerdan por qué oran. Desde las pantallas que destellan en nuestras manos hasta los pasillos fríos de las oficinas y las cocinas familiares, nos asedia el mismo susurro: sonríe, resiste, oculta tu herida bajo el manto de la cortesía. Pero ese mandato no es inocente, es la voz de una maquinaria invisible que organiza los latidos y los gestos, que obliga a los cuerpos a sostenerse erguidos aun cuando tiemblan. El dolor, esa sombra natural de la existencia, es expulsado de la luz, relegado al silencio, y con ello se nos arrebata no sólo la experiencia plena de lo humano sino también la posibilidad de comprender en la herida el rastro de las fuerzas que nos atraviesan. Se nos exige vivir como si la tristeza fuera una falta moral, como si el cansancio fuese una vergüenza personal, cuando en realidad ambos son signos de un mundo que se consume sobre nuestras espaldas.

Ese mandato se infiltra como una escritura secreta en la médula de lo cotidiano, hasta el punto de que confundimos obediencia con libertad. El gesto de repetir frases optimistas no es un acto espontáneo sino la consecuencia de una disciplina que nos moldea con suavidad. Así se construye una forma de sentido común que convierte en virtud lo que en realidad es sumisión. En este escenario el sufrimiento no se comparte, se oculta. La vulnerabilidad no une, separa. Lo que pudo ser lenguaje de comunidad se convierte en un estigma que cada cual debe cargar en silencio, temeroso de ser señalado como débil o insuficiente. La alegría impuesta brilla entonces como una máscara tras la cual los rostros se marchitan, y bajo esa máscara el dolor, privado de voz, se acumula como un pozo oscuro donde el individuo se hunde en soledad.

Los cuerpos, condenados a callar lo que los quiebra, terminan pagando con ansiedad y aislamiento el precio de esa obediencia. El dolor reprimido no se disuelve, sino que regresa como espasmo, como nudo en la garganta, como memoria trunca que ya no encuentra lugar para inscribirse en lo colectivo. Donde no hay permiso para el duelo se extingue la posibilidad de solidaridad, porque es en la pena compartida donde se levanta la arquitectura más íntima de la comunidad. Pero cuando el sufrimiento se convierte en defecto privado, la política se reduce al silencio de quienes cargan con su sombra. Lo que debería señalar injusticia se traduce en incompetencia. La tristeza, que es también memoria de lo perdido, se vacía de su potencia crítica y se vuelve un simple obstáculo a superar, una anomalía del organismo aislado que cada cual debe reparar con sus propias manos.

El término resiliencia, arrancado de los laboratorios y de las ciencias naturales, ha sido transfigurado en virtud moral. Lo que en principio nombraba la capacidad de un material o de un ecosistema para volver a su estado original se convierte en exigencia sobre los individuos: soportar, doblarse, enderezarse de nuevo, siempre en silencio. Nadie pregunta por qué la vida se rompe una y otra vez, por qué las estructuras repiten la violencia y la precariedad. Se exige simplemente resistir y recomponerse, como si el quebranto fuera prueba de carácter y no el resultado de un orden que desgasta. Lo que pudo haber sido palabra de esperanza se convierte en trampa. Alguien que se recompone demasiado pronto alimenta sin querer la continuidad de lo que lo destruye, y el sistema encuentra en su aguante la excusa para no cambiar jamás. La herida se glorifica como trofeo, y con ello se santifica la injusticia que la causó.

En paralelo a este culto del aguante crece un mercado que convierte cada emoción en oportunidad de negocio. Aplicaciones que prometen calma con respiraciones medidas, talleres que venden técnicas para reír cuando la tristeza aprieta, programas empresariales que domestican la angustia como si fuese una variable de productividad. La vieja ilusión del objeto que oculta las relaciones que lo engendran se repite aquí, el sufrimiento se presenta como una falla técnica que puede corregirse con el consumo apropiado. La emoción se compra, se alquila, se administra como si fuese un bien privado. Y mientras tanto, las condiciones que generan la fatiga y la desesperanza siguen intactas, fortalecidas, invisibles. Lo íntimo se transforma en mercancía, y cada lágrima que no se derrama se recicla como moneda en el mercado del bienestar.

La fuerza de esa industria está en su apariencia de ciencia, en su promesa de soluciones rápidas. Se nos dice que bastan unos minutos de respiración guiada o una sesión de entrenamiento emocional para borrar la pena, como si el dolor pudiera disolverse con el mismo gesto con que se paga una suscripción. El efecto es doble, por un lado, en lo individual, se instala la convicción de que fracasar en alcanzar la calma significa ser insuficiente; por otro lado, en lo colectivo, se adormece la exigencia de transformar las condiciones de vida, pues el problema se reduce a una falta de disciplina personal. El sistema triunfa allí donde consigue que cada persona se culpe a sí misma por no encajar en la promesa de felicidad que nunca fue más que un artificio.

Reclamar el derecho a estar mal es arrancar el velo que cubre estas ilusiones. Es devolver al dolor su dimensión política, rescatarlo de la celda privada donde lo han confinado y reconocerlo como experiencia común. No se trata de ensalzar la pena sino de comprender su potencia como lenguaje, en ella se señalan las fisuras del mundo, en ella se construyen vínculos de cuidado, en ella se gesta la imaginación de un porvenir distinto. El derecho a estar mal no se agota en la intimidad del individuo, sino que abre la pregunta por la transformación de las condiciones colectivas. No se trata de cómo amoldar a la persona para que sobreviva, sino de cómo rehacer el mundo para que la vida no sea un privilegio reservado a quienes puedan pagar el precio de la calma.

Ese horizonte exige imaginar espacios donde el dolor pueda hablar sin miedo, donde el duelo no sea visto como defecto, donde la fragilidad no sea interpretada como fracaso. Exige servicios comunes de cuidado, tiempos sociales para el descanso y entornos donde la vulnerabilidad no se reduzca a diagnóstico ni a debilidad. Supone cambiar la propia idea de bienestar, que dejaría de ser la sonrisa permanente para convertirse en la aceptación de la vida en toda su complejidad, con pérdidas, interrupciones y sombras. El derecho a estar mal aparece entonces como principio de comunidad, como núcleo de una ética que rechaza que la fragilidad se venda y que reconoce en ella una condición que nos hermana.

Devolver la pena a la esfera pública es interrumpir la maquinaria que convierte los sentimientos en recursos de mercado. Es recuperar en la herida la señal de lo humano compartido. El dolor que se pronuncia puede ser semilla de solidaridad, motor de resistencia y comienzo de otra manera de vivir. Reconocer que el malestar tiene derecho a existir no significa resignarse a él sino abrir un horizonte donde la vida no se conciba como capital afectivo que debe administrarse, sino como experiencia común que merece ser cuidada. En esa aceptación se esconde una promesa: que la fragilidad no será mercancía, que la tristeza no será vergüenza, y que la dignidad humana encontrará al fin un lugar donde habitar.

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