
Por Fabricio Muñoz
“Hay una meta, pero no hay camino; lo que llamamos camino es duda”
F. Kafka, Aforismos
Leer a Kafka es ubicarse en un no-lugar y en un no-tiempo; es deambular en la bifurcación de algunos de sus enfoques. Por un lado, cada vez que abrimos una página de sus cuentos o novelas, nos estrellamos con algo inadecuado, sus obsesiones, sus preocupaciones, su propia escritura se manifiestan como intempestivas, no solo para su época, sino también para la nuestra. Y no solo lo son en un sentido paradigmático, dentro del canon literario de principios del siglo XX, sino también desde un orden estético y ético. Esa incomodidad, casi atemporal y profundamente inquietante para un sinfín de absolutismos ideológicos y sus representaciones en la organización política, lo ha convertido en amigo y enemigo de todos, un bicho raro, pero entrañable.
Sin embargo, dicha incomodidad no se reduce únicamente a lo que comprendemos como desarrollismo histórico; también puede leerse desde una perspectiva más esencial para el lector contemporáneo. El carácter preciso y ácido de su obra ha dado cuenta de una civilización sometida a una regulación constante y enigmática, cuyas manifestaciones han devenido en esquemas morales y orgánicos que, aunque se presentan como convencionales, obedecen en realidad a la más profunda de las extrañezas jamás soñada por Kafka. Leer a Kafka ha sido, para mí, una forma de resistencia desde otros lugares, desde las grietas, desde esas fisuras que evidencian el cansancio —el mío y el del otro—, pero sobre todo, el cansancio del propio tiempo.
Existe una necesidad casi obsesiva de referirnos a Kafka, no solo desde un enfoque literario, sino desde uno más amplio, que permita valorar su obra como una elaboración poética sobre la necesidad de comprender lo incomprensible. ¿Existe realmente en la obra de Kafka un sinnúmero de simbolismos y significaciones que deben ser descifradas? ¿O se trata, más bien, de una gran y elaborada insinuación sobre lo que es el mundo? El principal obstáculo a la hora de querer encontrar esas múltiples significaciones radica en que, con cada elemento interpretado, se configura también un lector distinto. Así, entre las muchas cosas que puede decirnos la literatura de Kafka, al final no termina diciéndonos nada. O mejor dicho, nos lo dice todo sin afirmarlo. El sentido del mundo que Kafka intenta revelar no es representable mediante símbolos, y mucho menos mediante metáforas o símiles. Solo podemos rodearlo, bordearlo, sugerirlo mediante insinuaciones que nos dejen ver —y a la vez no— las múltiples significaciones posibles.
Los no lugares de Kafka
Pensar en el siglo de Kafka es pensar en nuestro propio siglo, pues su vigencia es abrumadora. Ningún otro escritor ha trascendido tanto, y quizás esto se deba a la terrible similitud entre las obsesiones del sujeto contemporáneo y las de la literatura kafkiana. La literatura de Joyce, Proust, Mann, Woolf o Beckett sirve para pensar y entender su tiempo a partir de un pasado inmediato. En cambio, la de Kafka se vuelve particular porque funciona como una premonición, un complejo diagnóstico anticipado del porvenir de la sociedad occidental. Leer a Kafka hoy no solo nos interpela como individuos y como sociedad, sino que, de algún modo, también nos interpreta.
Las lecturas de Kafka han servido para realizar diagnósticos del individuo en la sociedad capitalista, para explorar la burocracia como un elemento constitutivo en la relación entre el sujeto y la comunidad. En otras palabras, han servido para comprender que las perplejidades kafkianas siguen siendo las nuestras, o incluso que esas incertidumbres no eran exclusivas de su tiempo. La relación de Kafka con su contexto no solo fue problemática, estuvo cargada de una perspectiva insoportable, de una incomodidad existencial que sigue pulsando en nuestra actualidad.
Kafka es un escritor sin lugar. No hay un espacio donde reafirme su permanencia. Su vinculación con cualquier forma de identidad o pertenencia es casi nula. Por eso, podríamos pensar en tres «no-lugares» desde los cuales se puede intentar un acercamiento a su figura.
Primero, su relación problemática con el territorio físico. Kafka nació en Praga, una ciudad tan multicultural como dividida, marcada por múltiples subjetividades producidas por las guerras que culminaron en la formación del Imperio austrohúngaro. Esta descolocación contribuyó constantemente a la construcción de un sentimiento de desarraigo respecto a cualquier territorio definido. Kafka se sabía a sí mismo parte de un espacio compartido con otros que no compartían sus preocupaciones ni sus obsesiones.
Segundo, su relación con la lengua. Aunque escribía en alemán, Kafka no se sentía plenamente identificado con la cultura alemana. Nuevamente, el sentimiento de descolocación surgía del hecho de hablar también checo —lengua propia de la comunidad judía en Praga— e incluso yiddish, una lengua híbrida de alemán y hebreo. La lengua, profundamente entrelazada con la religión en su vida, aumentó esa sensación de no pertenencia, de extranjería lingüística. Este desarraigo lo llevó a preguntarse sobre su verdadera identidad como sujeto hablante, y quizás fue precisamente allí donde encontró en la literatura su único lugar.
Tercero, su relación con la familia. Para Kafka, la familia —y en particular la figura del padre— representaba una fuente de angustia generada por los intrincados sistemas sociales. Su padre, un hombre que constantemente le recordaba sus orígenes y el esfuerzo que había hecho para alcanzar su posición, instaló en él un sentimiento persistente de desubicación, como hijo y como sujeto productivo. Esta tensión, claramente visible en La metamorfosis y en La carta al padre, revela una herida constitutiva, la imposibilidad de conciliar el mandato familiar con la vocación literaria y la sensibilidad del hijo.
El espacio moderno: umbrales en vez de muros
La modernidad transforma radicalmente el modo en que el ser humano se sitúa en el espacio. Donde antes existía un cosmos ordenado, cerrado sobre sí mismo —como en la cosmología de Aristóteles o el universo jerárquico de Dante—, ahora se despliega un mundo sin centro, sin límites fijos, sin una topología trascendente que asegure el sentido. Esta apertura no es emancipadora en sí misma, inaugura, más bien, una experiencia espacial dominada por la inestabilidad, la ambigüedad y la exclusión. En lugar de muros que contengan, la modernidad produce umbrales, zonas de pasaje y de suspensión, de tránsito y de incertidumbre. El umbral no es una puerta abierta, sino una zona intermedia, una frontera sin garantías. Es un espacio que no encierra, pero tampoco protege; no clausura, pero tampoco promete.
En la obra de Kafka, esta transformación se convierte en el principio mismo de la configuración narrativa. Los espacios en Kafka no son lugares de habitabilidad ni de orientación. Lo abierto —el camino hacia el castillo, la plaza del tribunal, el acceso a la ley— es siempre una forma de desorientación, un vagar sin destino. Y lo cerrado —la habitación de Gregor Samsa, las oficinas del agrimensor, el aparato de tortura en La colonia penitenciaria— tampoco ofrece refugio, es clausura sin intimidad, interior sin interioridad. Kafka desplaza así la lógica clásica del espacio, y produce en su lugar una escena en que toda frontera es también una exclusión, y todo adentro es también un destierro.
Este desplazamiento espacial tiene una dimensión filosófica radical, el sujeto moderno, en Kafka, ya no tiene lugar. No hay un “aquí” seguro desde donde mirar el mundo, ni un “allá” al que dirigirse. Todo el espacio kafkiano está marcado por la topología del umbral, entre el adentro y el afuera, entre la luz y la sombra, entre la ley y el deseo. Esta condición liminal no solo desestabiliza la espacialidad, sino también la subjetividad. El yo kafkiano está siempre en tránsito, pero no sabe desde dónde ni hacia dónde. Está expuesto, pero no representado; está presente, pero no identificado.
Esta deslocalización del sujeto es la expresión más pura de la experiencia literaria. La literatura empieza cuando se vuelve pregunta, y esta pregunta es la del lugar, del sentido, de la palabra que se escribe sin saber si dice. Kafka escribe desde el umbral no solo porque sus personajes estén físicamente detenidos frente a una puerta, sino porque toda su escritura es, en sí misma, una detención frente al lenguaje, un combate de la literatura por la literatura que no desemboca en una respuesta, sino en un enigma que persiste. El espacio kafkiano es, en ese sentido, también el espacio de la literatura moderna, no hay en él un adentro que cobije ni un afuera que libere; solo hay un tránsito sin final, una errancia sin mapa.
Desde este marco, el umbral se convierte en una metáfora central de la modernidad. No solo porque designa una forma espacial incierta, sino porque expresa la condición del sujeto moderno, alguien que ya no pertenece plenamente a ningún lugar, que ha perdido el mundo como escenario confiable. El umbral en Kafka no es simplemente una figura literaria, sino la figura de un mundo que ha perdido la figura, un mundo sin forma, sin centro, sin ley clara, o peor aún, un mundo con ley clara pero inentendible. Y es precisamente en este desfondamiento del espacio donde Kafka instala lo humano, no como una esencia, sino como una prueba, la de estar siempre a punto de ser expulsado, pero sin saber desde dónde ni hacia dónde.
La ley como mandato sin razón
Uno de los elementos más desestabilizadores en la obra de Kafka es la representación de la ley. Lejos de ser una estructura normativamente inteligible, la ley kafkiana es una instancia que se impone sin fundamento, sin origen claro, sin un texto que pueda ser leído en su totalidad. Lo que aparece como “Ley” no se presenta nunca como código o sistema, sino como mandato sin razón. En este sentido, Kafka no denuncia simplemente una ley ilegible, sino algo más inquietante, una legalidad sin logos, una estructura que se ha independizado de su legitimación racional, que ya no necesita fundamentarse para operar. La ley actúa por su mera presencia.
La parábola “Ante la ley” encarna esta experiencia, el campesino no está privado de acceso por un acto explícito de prohibición, sino por una espera que nunca termina. El guardián no niega ni concede el paso; simplemente está allí, cumpliendo un rol cuyo contenido le es ajeno. La ley kafkiana no es la ley de la represión, sino la de la indiferencia. Este guardián —figura del funcionario sin rostro— representa el desplazamiento de lo jurídico hacia lo mecánico, hacia una escena donde la humanidad se ha retirado y solo quedan funciones vacías.
La paradoja de la ley en Kafka no reside en su violencia, sino en su inanidad, no hay tribunal que juzgue, no hay código que determine, no hay castigo que purgue. Y sin embargo, se exige obediencia. El aparato jurídico y burocrático no niega el acceso, pero tampoco lo garantiza. El sujeto se encuentra en una forma radical de suspensión, ni condenado ni absuelto, ni fuera ni dentro, atrapado en una espera sin término, ante un umbral que no se abre ni se cierra.
Esta condición pone en cuestión la subjetividad moderna. La ley exige obediencia individual, pero no reconoce al individuo. El mandato es universal, pero su aplicación es singular e intransferible. El sujeto kafkiano está siempre interpelado, pero no puede responder, su palabra no tiene efecto. En este punto, Kafka muestra la paradoja de la modernidad jurídica, se proclama la autonomía del sujeto al tiempo que se le expropia de todo derecho efectivo. Interrogar la ley ya es una forma de transgresión, y sin embargo, solo en la interrogación se abre una posibilidad, mínima y trágica, de existencia crítica.
En Kafka la literatura misma encarna esta tensión, escribir es colocarse ante un mandato que no da razones, responder a una llamada que no se sabe si proviene de un otro o del vacío. La ley kafkiana y la literatura moderna comparten una estructura, ambas son formas de lenguaje que no se justifican, pero que interpelan, que no explican, pero que exigen. En este sentido, Kafka no solo escribe sobre la ley, escribe en el lenguaje de la ley, con su lógica de ausencia, su opacidad, su mandato sin contenido.
Así, la ley kafkiana es la figura de una modernidad radicalmente desfondada, no es ya la expresión de una razón ilustrada, sino el signo de su eclipse. Se impone, pero no promete justicia; organiza, pero no comunica sentido. La única forma de vida posible ante ella es la del que pregunta, aun a sabiendas de que toda pregunta es ya sospechosa, ya caída en falta. Y es allí, en esa obstinación de la interrogación, donde Kafka instala el lugar de lo humano.
El derecho a preguntar: angustia y libertad
Frente a una ley que no razona ni se deja interrogar sin convertir la pregunta en delito, Kafka elabora una ética trágica de la interrogación. No se trata de una resistencia heroica ni de una voluntad crítica en sentido clásico, sino de una disposición existencial, la de quien persiste en preguntar aun sabiendo que la respuesta no llegará, o que, si llega, no podrá ser comprendida. En Kafka, la libertad no es una facultad positiva, sino un abismo, no consiste en actuar, sino en no poder dejar de interrogar. Es la libertad de una palabra que no encuentra a quién dirigirse, pero que no puede callar.
La angustia del sujeto kafkiano es precisamente esta, puede avanzar, pero no sabe hacia dónde; puede quedarse, pero no será amparado. El umbral, en este caso, no es ya figura espacial, sino condición ontológica. Vivir es habitar el umbral entre el sentido y su fracaso, entre la ley y el deseo, entre el lenguaje y su imposible plenitud. Esta situación produce angustia, no como mera emoción, sino como estructura de la existencia. La libertad se vuelve entonces un destino trágico, el sujeto es libre porque no tiene lugar asignado, pero esa libertad lo expone al abandono, a la errancia sin comunidad.
Kafka convierte esta angustia en una forma de conocimiento. En sus textos, no hay personaje que no busque comprender, pero todo intento de comprensión se diluye en procedimientos interminables, en puertas cerradas, en cartas que no llegan. Sin embargo, esta búsqueda no es vanidad, es la única forma de asumir la propia existencia. En Kafka interrogar es vivir, la pregunta no espera respuesta, se convierte en la forma de habitar el mundo. Y en esa pregunta, infinita y sin objeto, se cifra lo más íntimo de lo humano.
La literatura no nace del conocimiento, sino de la exigencia de una pregunta que nunca se satisface. La literatura empieza cuando se vuelve pregunta, pero esta pregunta no es la del escritor que busca un tema, ni la del lector que busca una interpretación. Es una pregunta que desarma al que escribe y al que lee, que pone en suspenso toda autoridad y toda certeza. Kafka no ofrece respuestas, ofrece preguntas que devienen espacio habitable, aunque sea inhóspito, aunque nos arroje en la más profunda de las angustias.
Así, Kafka articula una forma de ética no normativa, sino existencial, la ética de la exposición, de la vulnerabilidad, de la interpelación sin garantía. La libertad, en este contexto, ya no es dominio ni autodeterminación, sino la capacidad de habitar la incertidumbre, de sostener la pregunta sin clausurarla en un sentido último. Vivir, para Kafka, es vivir en la sombra del umbral, en la proximidad de una ley sin rostro y de un lenguaje sin comunidad. Es una forma de vida que no se funda en un ideal, sino en una experiencia, la experiencia de la intemperie, la angustia, la desesperación, lo kafkiano.
Kafka no es un autor de su tiempo. No porque no pertenezca a él, sino porque lo descompone desde adentro. En sus relatos, la modernidad aparece desprovista de sus promesas, el progreso, la razón, la libertad, el derecho. Todo está presente, pero desfigurado y es precisamente esta operación la que hace de Kafka un escritor del porvenir. No anticipa un futuro, sino que revela el reverso de nuestro presente, muestra cómo los signos del mundo moderno pueden volverse opresivos, cómo el lenguaje puede dejar de comunicar, cómo la ley puede vaciarse de justicia.
Kafka representa el punto en que la literatura se enfrenta a su propia nulidad, no escribe para representar el mundo, sino para mostrar que no hay mundo que representar. Su obra es un acto de desaparición, lo que dice no se fija, lo que representa se deshace. Pero esta negatividad no es nihilista, es una forma de conocimiento, una forma de resistencia. La obra kafkiana no afirma, pero tampoco calla, abre un espacio donde la palabra no tiene dueño, donde la verdad no está garantizada, pero tampoco clausurada.
Podemos interpretar este gesto como una teoría poética del poder sin rostro, del lenguaje sin comunidad, del sujeto sin lugar. En Kafka no hay redención, pero tampoco resignación. Lo que hay es un decir sin promesa, una escritura que multiplica los sentidos en lugar de cerrarlos. Cada texto kafkiano es un laberinto, no porque oculte la salida, sino porque muestra que no hay centro. Vivir hoy, en el mundo del algoritmo, del expediente, del procedimiento sin fin, es vivir todavía en el mundo de Kafka.
Kafka no nos ofrece salvación, pero sí lucidez. Nos enseña a mirar sin consuelo, a preguntar sin garantía, a existir sin fundamento. Su literatura no es un refugio, sino una forma de exposición. Es una experiencia del desastre, pero también del lenguaje como posibilidad. Kafka nos obliga a mirar al fondo del umbral y reconocer allí lo que aún nos constituye, la inquietud, la espera, la voz que no cesa. Kafka no ha sido superado, continúa escribiendo en nosotros.
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