LA CRIATURA QUE NOS DEVUELVE LA MIRADA

Una reseña sobre el Frankenstein de Guillermo del Toro

Por Fabricio Muñoz

La adaptación cinematográfica de una novela exige una libertad creadora que se aleje de la fidelidad literal y abrace la posibilidad de descubrir, en lo ya contado, sentidos que permanecían ocultos. Quien adapta no imita y tampoco repite, porque su tarea consiste en volver visible aquello que en la obra original estaba apenas insinuado, como si el cine pudiera captar la respiración secreta del mito y otorgarle una nueva intensidad. Cada versión cinematográfica es una lectura creadora que transforma y en esa transformación celebra la potencia de una imaginación capaz de ver en un texto clásico algo más que un relato estable. El Frankenstein de Guillermo del Toro participa de esta tradición de lecturas expansivas y se presenta como una invitación a repensar lo humano desde la lente del celuloide, que no traduce, sino que revela.

El mito que revive cuando la razón se fractura

La criatura emerge en la película como un signo de que nuestro tiempo atraviesa una crisis de confianza en su propia racionalidad. Este retorno no obedece a una nostalgia literaria, sino a la necesidad de revisar los relatos que sostenían nuestra seguridad moderna. El monstruo reaparece cuando la razón se desborda y deja de ofrecer un horizonte estable. Esta fractura abre la puerta para que regresen los mitos que cuestionan las promesas de la Ilustración y obligan al presente a replantear su fe en la ciencia y el progreso.

La figura compuesta que Del Toro coloca en pantalla no se limita a repetir el gesto de Shelley. Su presencia señala la insuficiencia de las certezas que antes dábamos por indiscutibles. La criatura deja de ser un experimento fallido y se convierte en la encarnación de una pregunta que insiste. Qué sucede cuando la razón técnica crea algo que la razón ética no puede sostener. En esa pregunta se revela la tensión entre poder y responsabilidad, entre capacidad de crear y capacidad de responder por lo creado.

A lo largo del filme, este renacimiento del mito adquiere una tonalidad filosófica que se aleja del simple horror gótico. Lo que regresa no es el monstruo, sino el límite. Del Toro parece sugerir que nuestras criaturas tecnológicas y nuestros discursos de progreso no son tan distintos de la criatura de Frankenstein, pues nacen de una confianza excesiva en la técnica y de una ceguera hacia las consecuencias morales de la creación. El mito revive porque nuestra época necesita volver a interrogarlos.

El cuerpo herido como archivo de la violencia contemporánea

El cuerpo de la criatura se construye como una superficie donde se inscriben la memoria y la violencia. Sus suturas visibles desarticulan la idea de un cuerpo íntegro y revelan una identidad que no se funda en la unidad, sino en la multiplicidad. El cuerpo no oculta sus cicatrices, porque son precisamente esas marcas las que lo convierten en un archivo viviente. En su desorden formal hay una verdad que incomoda. Somos seres atravesados por fuerzas que no controlamos y nuestras heridas hablan más de nosotros que las narraciones que construimos para ocultarlas.

Del Toro aprovecha esta corporalidad para proponer una ética de la vulnerabilidad. La criatura aparece como un ser que no tiene la fuerza de quien domina, sino la fragilidad de quien ha sido abandonado a su suerte. Esta fragilidad no lo disminuye. Lo vuelve más humano que sus creadores. La película sugiere que la herida es una condición universal, que la experiencia humana siempre se funda en aquello que falta, en aquello que se ha roto y en aquello que el mundo ha retirado sin advertencia.

El cuerpo herido desafía la noción tradicional de monstruosidad. La monstruosidad, en este filme, no está en la deformación visible, sino en la incapacidad de mirar al otro sin convertirlo en amenaza. El espectador descubre que la criatura no encarna el horror, sino que lo denuncia. Su cuerpo denuncia la violencia que lo produjo. La verdadera monstruosidad emerge entonces en quienes, con apariencia impecable, rehúsan asumir su responsabilidad hacia el ser que han creado.

La voz que no salva y la palabra que acusa

La decisión de otorgarle a la criatura una voz articulada introduce una dimensión filosófica distinta del mito original. El lenguaje no se presenta como un camino hacia la civilización, ya que su aparición señala el fracaso de la palabra como instrumento de integración social. Cada frase pronunciada por la criatura tarda en estabilizarse, como si proviniera de una garganta que ha aprendido a hablar a pesar del dolor que produce hacerlo. Su voz, lejos de solicitar amparo, formula una acusación. Es la acusación de quien comprende que fue creado sin amor y sin propósito.

En esta voz se concentra la tragedia moderna del lenguaje. Hablamos, pero no somos escuchados. Intercambiamos palabras, pero no construimos vínculos. La criatura habla para hacerse entender y encuentra en la palabra un vacío. Del Toro convierte esa experiencia en una crítica a la modernidad que celebró la razón como un vehículo de emancipación, aunque olvidó que la razón puede volverse un instrumento de dominación disfrazado de claridad.

La criatura que habla nos obliga a reconsiderar la relación entre lenguaje y humanidad. La palabra no asegura la entrada al mundo común. La palabra se ha vuelto un territorio inestable donde la comunicación no garantiza comprender ni ser comprendido. La criatura se expresa y en esa expresión revela la imposibilidad de la escucha. Esta constatación transforma al monstruo en un pensador accidental, alguien que entiende que su voz puede nombrar el sufrimiento, pero no disiparlo.

La belleza del monstruo y la pregunta final sobre la creación

Del Toro filma a la criatura desde una sensibilidad que permite que la belleza atraviese incluso la deformidad. Esta belleza inquieta porque no reduce a la criatura a la categoría de aberración. Le devuelve una dignidad que desestabiliza. El espectador descubre que la belleza puede convivir con la herida y que la armonía no es un estado puro, sino un encuentro entre lo íntegro y lo roto. La criatura se convierte en un espejo que revela la contradicción entre lo que tememos y lo que anhelamos, entre la forma que rechazamos y la vida que late en su interior.

La presencia de esta belleza abre un nuevo campo de reflexión filosófica. Qué significa crear algo que nos mira con una mezcla de inocencia y dolor. Qué implica reconocer que lo creado posee un valor que supera nuestras intenciones. La criatura no es un experimento fallido ni un logro científico ni una aberración estética. Es un ser que respira y que exige una respuesta. Su existencia desplaza la discusión hacia el terreno de la ética, donde la pregunta ya no es cómo se crea, sino qué responsabilidad adquiere quien crea.

La película culmina con esta pregunta suspendida. No ofrece una respuesta porque la respuesta no pertenece al filme, sino al espectador. Crear vida no es un acto aislado, sino un compromiso que se despliega en el tiempo. La criatura nos devuelve la mirada y en esa mirada se concentra el juicio que no podemos esquivar. El Frankenstein de Del Toro nos recuerda que nuestras propias criaturas, sean biológicas, simbólicas o tecnológicas, pueden convertirse en los jueces silenciosos de nuestras decisiones y en el reflejo más preciso de aquello que, como sociedad, aún no hemos logrado comprender.

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