
Por Fabricio Muñoz
Cuando te asomas a las historias de El buen mal, no entras en un territorio donde el conflicto se anuncie con estruendo, sino en una zona donde cada escena parece sostenerse sobre un temblor discreto que atraviesa los cuerpos y las palabras, un temblor que no se declara, pero que va desplazando las certezas con una persistencia que termina por horadar incluso los gestos más sencillos. Lees y reconoces que los personajes no están rotos en el sentido espectacular del derrumbe, sino en una forma más íntima, más callada, que consiste en no lograr que aquello que desean ofrecer al otro llegue a ser recibido como lo imaginaban.
Descubres, a medida que avanzas, que el libro no persigue el estallido de una violencia visible, sino la lenta acumulación de malentendidos que se depositan en los vínculos como un sedimento invisible, hasta que el gesto más mínimo, una visita, una frase, una promesa, queda cargado de una densidad que no le pertenece por sí misma, sino por la memoria que lo precede y por el miedo que lo acompaña. En este territorio, la relación entre los personajes no fracasa porque falte intención de cuidado o de cercanía, sino porque entre lo que se ofrece y lo que se percibe se abre una distancia que ninguna voluntad consigue clausurar del todo.
Desde esta perspectiva, el libro construye una poética del vínculo incompleto, en la que el mal no aparece como un acto de crueldad directa, sino como el resultado de un desacople persistente entre la intención que anima un gesto y la mirada que lo recibe, de modo que la condición humana se revela no en la catástrofe, sino en la repetición cotidiana de esos intentos por acercarse que, aun cargados de una ética frágil, no alcanzan a fundar una comprensión estable entre los cuerpos.
Cuando recorres estos cuentos, adviertes que cada personaje actúa desde una lógica íntima que rara vez se vuelve transparente para quienes lo rodean, y que esa opacidad no se debe a una voluntad de ocultamiento, sino a la imposibilidad estructural de compartir del todo la experiencia del dolor, del miedo o del deseo que impulsa cada movimiento. El texto no te ofrece una explicación que ordene las motivaciones, sino que te deja ante fragmentos de conciencia que se rozan sin llegar a coincidir, de modo que tú mismo quedas atrapado en ese espacio intermedio donde la intención se vuelve conjetura y la percepción se carga de incertidumbre.
Así, mientras acompañas a los personajes en sus intentos por cuidar, por comprender o por sostener un vínculo que se deshilacha, percibes que el relato no te invita a juzgar desde una superioridad moral, sino a habitar la misma precariedad que ellos enfrentan cuando descubren que el otro nunca es del todo legible, incluso en los momentos en que la cercanía parece más intensa. La narración construye, de este modo, una ética del vacío, en la que el sentido no se entrega cerrado, sino que se abre en las fisuras de lo no dicho, obligándote a completar con tu propia experiencia aquello que los personajes no consiguen nombrar.
Cuando entras en el universo de Un ojo en la garganta, te das cuenta de que el accidente que marca el cuerpo del niño no se limita a inscribir una herida visible, sino que reorganiza el modo en que los adultos lo miran y lo cuidan, de tal manera que el amor que antes circulaba con cierta ligereza comienza a densificarse bajo el peso del miedo, transformando el gesto protector en una vigilancia que ya no distingue entre cuidado y control. Comprendes que los padres no desean dañar, pero adviertes que su percepción del riesgo se ha vuelto tan dominante que el niño termina recibiendo ese amor como una forma de encierro que restringe su movimiento en el mundo.
En este punto, la distancia entre intención y percepción se vuelve corporal, porque el cuerpo herido deja de pertenecer solo a quien lo habita y pasa a ser el territorio donde los otros depositan su angustia, de modo que cada gesto de protección, aun nacido de una ética del cuidado, se carga de una ambigüedad que no puede resolverse sin sacrificar algo del vínculo. Ves entonces que la condición humana no se revela en la herida inicial, sino en la manera en que los vínculos se reordenan alrededor de ella, produciendo un lazo que ya no logra distinguir con claridad entre el deseo de preservar la vida y el impulso de inmovilizarla por temor a perderla.
Cuando acompañas a las mujeres de Un animal fabuloso en su reencuentro, percibes que la intimidad que comparten no las acerca al entendimiento, sino que vuelve más espesa la zona donde el pasado se interpone entre lo que una intenta decir y lo que la otra logra escuchar, de modo que cada palabra queda atravesada por una memoria que deforma su sentido antes de que alcance al otro lado del diálogo. Observas que el vínculo se sostiene en una suerte de pacto implícito de silencios, porque decirlo todo implicaría abrir una herida que ninguna de las dos se siente capaz de habitar, mientras que callarlo todo vacía la relación de aquello que podría volverla viva.
En esta escena, el mal no se manifiesta como un acto, sino como una erosión lenta que desgasta la posibilidad de encuentro, de modo que el vínculo no se rompe, pero queda suspendido en una incompletud que se vuelve su forma estable. Reconoces entonces que la distancia entre intención y percepción no solo atraviesa el presente del diálogo, sino que se alimenta de una memoria que insiste en imponer su versión del otro, haciendo que la cercanía se convierta en un territorio donde el pasado pesa más que la posibilidad de un nuevo sentido compartido.
Cuando te adentras en La mujer de Atlántida, percibes que el gesto de cuidado se ejerce sin la promesa de una transformación, y que las jóvenes que acompañan a la mujer mayor no esperan rescatarla de su deterioro, sino sostener una presencia que, aun consciente de su insuficiencia, se ofrece como una forma mínima de dignidad compartida. Entiendes que la distancia entre intención y percepción no se resuelve aquí mediante un acuerdo implícito, porque la mujer recibe ese cuidado desde una lógica que permanece opaca, de modo que la ayuda no construye un vínculo simétrico, sino una relación marcada por la imposibilidad de compartir un mismo horizonte de sentido.
En este relato, el bien no se mide por su eficacia, sino por la persistencia del gesto, aun cuando no produce el efecto esperado, y el mal no se manifiesta como una negación del cuidado, sino como la conciencia de que ningún gesto logra colmar la distancia entre dos formas de habitar el mundo. Reconoces entonces que la ética que se despliega en el cuento no promete redención, sino una forma de estar con el otro que acepta la incompletud como condición del vínculo.
A lo largo de estos cuentos, vas descubriendo que la distancia entre el gesto y la mirada no es un accidente aislado, sino el núcleo desde el cual se organizan los vínculos, de modo que cada relación queda marcada por una tensión que no se resuelve mediante la buena voluntad, porque la percepción del otro siempre llega atravesada por una historia previa de miedos, pérdidas y expectativas que deforman el sentido de aquello que se recibe. El mal que recorre el libro no se presenta como una violencia espectacular, sino como un desajuste persistente que convierte incluso los actos de cuidado en zonas de ambigüedad ética.
Adviertes que esta poética del vínculo incompleto no conduce a una visión nihilista, porque los personajes no dejan de intentar el encuentro, aun cuando saben que ese intento está condenado a no completarse del todo, y en ese esfuerzo sostenido se revela una forma de humanidad que no se define por la plenitud del lazo, sino por la obstinación de seguir tendiendo puentes sobre un vacío que nunca se cierra.
Cuando cierres el libro, si decides recorrerlo, no lo harás con la sensación de haber asistido a una suma de tragedias, sino con la certeza de haber transitado un territorio donde los vínculos humanos se muestran en su precariedad más fiel, esa que no se deja reducir a una lección moral, pero que te permite mirar de otro modo los pequeños desacoples que atraviesan tu propia manera de ofrecer y de recibir el gesto del otro. En ese reconocimiento, que no consuela pero afina la mirada, el libro te invita a leer no para encontrar respuestas, sino para aprender a habitar la distancia que te separa de quienes te rodean, sabiendo que en esa distancia, y no fuera de ella, se juega la forma posible de un cuidado que no promete plenitud, pero que insiste en no desaparecer.
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