
Por Fabricio Muñoz
No escribo estas líneas para convencerlos de que la democracia funciona. Sería una forma de deshonestidad intelectual que ustedes reconocerían de inmediato. Tampoco escribo para reprocharles su abstención, como si el simple hecho de acudir a una urna pudiera convertir a alguien en un mejor ciudadano o en una mejor persona. Conozco demasiado bien las razones que empujan a muchos a apartarse de las elecciones. Las conozco porque nacen de una experiencia real del país, de una memoria acumulada de promesas incumplidas, de la sensación persistente de que la política habla un lenguaje mientras la vida cotidiana habla otro.
Durante décadas se les ha pedido a los colombianos que tengan paciencia. Se les ha dicho que los cambios vendrán después, que el sacrificio de hoy producirá bienestar mañana, que la próxima reforma, el próximo gobierno o la próxima promesa terminarán por corregir aquello que parece incorregible. Mientras tanto, los días han seguido transcurriendo con una obstinación silenciosa. Hay que trabajar. Hay que cuidar a los hijos. Hay que buscar cómo llegar a fin de mes. Hay que aprender a sobrevivir en medio de incertidumbres que ningún discurso electoral parece capaz de disipar.
Por eso entiendo la frase que tantas veces escucho repetir. Gane quien gane, mañana me tocará trabajar igual.
Hay una verdad contenida en esas palabras. Ninguna elección abolirá el cansancio. Ningún presidente hará desaparecer de un plumazo las desigualdades que se han sedimentado durante generaciones. Ningún gobierno reemplazará la necesidad de organizarse, de luchar o de defender colectivamente aquello que se considera justo. La historia nunca ha sido tan generosa.
Sin embargo, hay momentos en los que una verdad parcial puede conducirnos a una conclusión equivocada. Porque si bien es cierto que mañana seguiremos trabajando, no es cierto que sea indiferente el país en el que ese trabajo tendrá lugar. No es lo mismo despertar en una sociedad que intenta ampliar los horizontes de la dignidad humana que hacerlo en otra donde la dignidad aparece siempre subordinada a la fuerza, al privilegio o al dinero. No es lo mismo habitar un país que busca reconciliarse consigo mismo que uno que necesita revivir permanentemente sus enemigos para sostenerse.
Tal vez el problema de nuestro tiempo no sea la falta de información sino la dificultad para percibir aquello que verdaderamente está en disputa. Las elecciones suelen presentarse como una competencia entre candidatos, entre partidos o entre programas de gobierno, pero debajo de esa superficie se mueve algo más profundo. Lo que está en juego no es únicamente quién administrará el Estado durante los próximos años. Lo que está en juego es la imagen de país que seremos capaces de imaginar para nosotros mismos.
Hay proyectos políticos que conciben la sociedad como una gran maquinaria donde algunas vidas inevitablemente deben quedar atrás para que otras prosperen. Son proyectos que hablan con naturalidad del sacrificio ajeno porque casi nunca son ellos quienes deben sacrificar nada. En su relato, los muertos se convierten en cifras, los desplazados en estadísticas, los líderes asesinados en daños colaterales y las regiones enteras en territorios prescindibles. La violencia aparece entonces como una fatalidad geográfica y no como una decisión histórica.
Pero existe también otra mirada, imperfecta y contradictoria como todas las obras humanas, que se resiste a aceptar que la crueldad sea el destino natural de este país. Una mirada que insiste en que la paz no es una ingenuidad sino una tarea. Que la verdad no es una molestia sino una necesidad. Que el sufrimiento de quienes han sido expulsados de la historia merece ser escuchado. Que los jóvenes no nacieron para heredar el miedo. Que los campesinos no nacieron para vivir bajo la amenaza permanente de la guerra. Que los territorios olvidados no están condenados a seguir siendo olvidados.
Quizá por eso me resulta difícil aceptar la indiferencia como respuesta. No porque la abstención sea inmoral, sino porque suele surgir de una decepción legítima y terminar produciendo un efecto contrario a sus propias intenciones. Quienes concentran el poder no necesitan que los ciudadanos los amen. Ni siquiera necesitan que crean en ellos. Les basta con que dejen de creer en su propia capacidad de intervenir en el curso de los acontecimientos. Les basta con que la resignación ocupe el lugar donde antes habitaba la esperanza.
Y, sin embargo, la historia colombiana está llena de hombres y mujeres que comprendieron algo distinto. Comprendieron que la política nunca fue el arte de elegir entre el bien absoluto y el mal absoluto. Comprendieron que casi siempre se trata de decidir entre caminos imperfectos, entre posibilidades incompletas, entre horizontes que no garantizan la victoria pero que sí permiten distinguir aquello que merece ser defendido.
Por eso quiero decir con claridad algo que no pretendo ocultar detrás de fórmulas ambiguas. Yo votaré por Iván Cepeda. No porque crea que un solo hombre pueda resolver los problemas acumulados durante siglos, ni porque espere de él una redención imposible. Lo haré porque, en medio de todas las incertidumbres, reconozco en esa apuesta una defensa de principios sin los cuales cualquier proyecto de país termina por convertirse en una forma refinada de barbarie.
Pienso en la paz. Pienso en la verdad. Pienso en la memoria de quienes ya no están. Pienso en la posibilidad de que las nuevas generaciones reciban un país menos cruel que el que recibimos nosotros. Pienso en la convicción elemental de que ninguna razón económica, militar o política puede situarse por encima del valor irrepetible de una vida humana.
Tal vez ustedes sigan pensando que nada de esto es suficiente para acudir a votar. Tal vez continúen desconfiando de las instituciones, de los partidos y de las promesas. No puedo reprochárselos. Pero quisiera dejarles una última pregunta.
Si dentro de algunos años miramos hacia atrás y descubrimos que este fue uno de esos momentos en los que una sociedad decidió qué hacer con su propia humanidad, ¿podremos decir que realmente daba igual lo que ocurriera?
Yo creo que no.
Creo que hay épocas en las que la historia deja de preguntarnos qué esperamos del futuro y comienza a preguntarnos qué estamos dispuestos a defender.
Y sospecho que, en el fondo, esta elección trata precisamente de eso. No de la victoria de un nombre sobre otro, sino de la decisión mucho más antigua y mucho más profunda acerca de qué vidas consideramos dignas de ser cuidadas, protegidas y lloradas. Porque allí donde una sociedad pierde la capacidad de reconocer el valor de la vida, todo lo demás termina perdiendo también su significado.
Por eso me atrevo a pedirles algo. Cuando llegue el momento de decidir, no se queden al margen. Vayan a votar. Háganlo sin entusiasmo obligatorio, sin fe ciega, sin renunciar a ninguna de sus críticas. Háganlo porque hay momentos en los que una sociedad debe decidir qué está dispuesta a cuidar. Yo votaré por Iván Cepeda porque veo en esa posibilidad una defensa de la paz, de la memoria, de la verdad y de la vida común que compartimos. Y quisiera invitarlos a hacer lo mismo. No porque crea que un voto puede salvar un país, sino porque sé que existen derrotas que comienzan cuando dejamos de defender aquello que todavía merece ser protegido. A veces la historia no nos pide certezas. Apenas nos pide que cuidemos una pequeña llama antes de que la noche termine de imponerse.
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